Con las alas mojadas no se puede volar,
pero ellos rezuman plumas de cada poro.
En ese planeta bloquean al resto,
edificándose piel con piel,
aliviando la cicatriz del tiempo.
Cuando empieza el ciclo,
se encuentran furtivos,
esperan para sorprenderse con el beso del preámbulo
mientras juegan a perder la noción
y a olvidarse de la realidad.
Es el afán del planeo por el ocaso entre piernas y libido,
dictando leyes que van a romper,
contribuyendo al desgaste de la indignidad,
ya que cooperan en el mismo circo.
Y cuando están dentro,
se ponen etiquetas estúpidas,
se recrean sagaces enredando el rollo de su película.
Pero después la revelan tirándose a la cama,
silbando el jazz que les hizo rebelarse.
Más tarde se beben el cuerpo
conociendo sus más intrínsecas partes,
rompiendo las reglas que pusieron un día.
Se termina su noche con su impaciencia y llega la mañana
y su olor permanece cuando están perdiendo los autobuses,
cuando critican a su vaga estima
por habérsela dejado toda entre sábanas.
Por saber que los pasos que han dado en el día
les harán preguntas
y sus cuerpos tendrán todas las respuestas.
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