Soy como un libro que no acaba nunca,
y al final no me puedo enamorar de mi misma.
Solo busco entre metáforas
algo que pueda salvarme,
pero no me sale.
No me sale ni un fonema articulando esta boca que no es mía,
ni este reflejo que me asusta.
No puedo dibujar más,
ni subrayar un antónimo que describa mis ánimos,
porque la fuerza se me escapa por los ojos,
estos ríos que limpian mi inocencia
se están amontonando en mi cabeza,
y allí dentro no mojan,
porque tiñen de azul mi conciencia,
Porque el grito que no doy me está matando,
las caricias que no regalo me están dejando sin sangre en las venas,
el olor de la nostalgia vive en mi almohada
y por eso le cuento secretos,
le canto nanas,
me pierdo entre las sábanas,
me construyo entre recuerdos.
Me puede la intertemporalidad,
me duele desconocer los pedazos de mi que escribo
y que no entienden.
Soy el abrir y cerrar de los ojos cuando sólo queda eso,
cuando todos se han ido.
Y después respiro profundamente para no sentir los sentidos
Mientras se apaga el día,
pero sigo brillando en la ventana más alta del bloque,
rodeando las velas del genio que me ha hecho un eterno en la piel,
y sigo las pautas para volver a escapar,
y para huir de la realidad que no quiero ver.
Quiero que el vértigo me acabe por desquiciar,
volar lejos,
coger ese avión,
dejar a mi alma caer esparcida por el cielo.
Quiero vivir en el oasis de mis espejismos,
y que cuando muera,
me estudien los filósofos.
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