El eco de las palabras rezuma hastío,
y yo temo al Narciso que se refleja,
cuando suicida su imagen
en las aguas cristalinas de la memoria.
El paisaje de mi cuerpo abatido
me recuerda al saber de mis querencias,
irisiados ápices de esperanza
que exprimen su jugo por mi estómago.
Ellos permiten que el futuro se construya,
porque viven en presente.
Y yo levito junto a esta orilla,
mientras el humo acaricia mis brazos.
Entonces le doy impulso a las manecillas
y me congelo en un rol más humano.
Y cuando me empieza a iquietar el desánimo,
vuelvo a batir las alas.
Al final mi cuerpo se funde
en un Universo que macera el tiempo
y salgo a flote disfrazada de estrella
para iluminar el vacío de la realidad.
Cuando la luz naranja de la noche nace,
nuestras almas se encienden desde tierra firme,
y viajan libres,
mezclándose con las lunas de otros siglos.
Reaparecemos vestidos entre dos pieles,
creando supernovas de nuestras explosiones.
Ya suenan los vencejos en la calle,
porque en esta noche
desprendemos más luz que en primavera.
Deseamos la paz del domingo,
en cada paso que damos,
desnudamos al reloj
y le ganamos la batalla.
Y esta cabeza de otros siglos
quiere conocerte
en el fin de otros tiempos,
para así chocar un día.
y hacer que el presente no tenga límites.
Me he escapado de las leyes de la gravedad
para volar hacia mi ley innata
y revelarle al mundo la combinación de mi celda.
Después, he huído lejos, haciéndole trampas a la necesidad,
para que no vuelva toda la sensibilidad que me robaste.
Pero todo ha sido en vano y me he asustado
preguntándome si de verdad te concedo el pase
para el Universo que compartimos.
Mientras, estoy recorriendo la urbe
y escribiéndote cartas sin sellar,
porque tú te llevaste aquellas leyes.
Y yo espero correspondencia de mí misma,
arrancando todas las hojas de mi memoria.
Deshojando atardeceres de sueños aplazados,
agradeciendo los relámpagos de tus ojos tristes.
Como no nos sirven los códigos,
quiero que apagues tu vida esta noche.
Que te fundas en mí hasta que esto sea irreversible,
que me oigas cuando te miro a los ojos
y que me escuches cuando te miro al alma.
Sálvame las caricias para que despeje todas las ecuaciones
y cuando amanezca,
haz que se vuelvan irresolubles.