Esta poesía gastada, me devolvía a las horas más bajas del momento. Los párpados, cubiertos de rimmel, que se esparcía por las mejillas. Llegaba dando tumbos a la cama, que parecía más vacía que de costumbre, dejaba el hueco a la derecha por si aparecías. Pero cada vez se hacía más grande. Te estabas haciendo a la idea, pero nada es suficiente para este abandono,
y poco a poco
bajaba de la cama,
e iba de puntillas a fumar a la ventana.
Se oía tu risa desde el alféizar, y desde dentro. En mi cuerpo los cristales que quedaban abrían esas cicatrices, pero había demasiado peso en la conciencia de mi ego.
Quise jugar esa noche, y velar en la pared esperando a que fueras tú el que me pusieras contra ella, y desatar así, la poca inocencia que me quedaba.
Sedienta de invierno y de nieve, me conformo con botellas transparentes con carmín en el difusor.
Ya no son tus labios.
Nada habría sido igual, siendo siempre lo mismo, descubriste un mundo vacío que ahora está mutando y es fantástico, pero sigue siendo banal a la par que eléctrico.
Afirmación irónica de mi imagen en el espejo.
En cada grieta veo relámpagos, la definición irrisoria de la vida con mis matices personales, esos que amas a la par que odias.
Me quedé con lo puesto. Pero más lo estabas tú esa noche. Posando grácil en tu ventana. En el agujero que separa tu habitación del pasillo al precipicio. Sabes que me encontrarás al otro lado,
desnuda,
como la primera vez,
y tan efímera como siempre.
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