Sé que podría tenerlo solo con decírtelo, pero no puedo arriesgarlo. Empieza el invierno y tengo frío de ti, de tus abrazos absurdos y de mis caricias congeladas, helandote el corazón y calentando tu mente. No volverás a mirarme con los mismos ojos otra vez, pero veré en ti el mismo poeta.
La calle de noche tiene un pase, pero siempre me quedaré con este tejado,
desde aquí se ve la ciudad, pero siempre preferiré mirar a la luna.
Tú sabes por qué.
No puedo apostar más, ni pensar una noche más, me vale esta media hora frente una pantalla y el sonido. El mismo sonido que hacía mientras me estabas comiendo con los ojos desde la otra esquina de la habitación. Y yo sólo tenía las teclas delante. Ni siquiera tengo fotos en la pared.
Estás fuera de mi vida, pero dentro de mi cabeza. ¿Qué se supone que es esto ahora?
La otra noche olí tu perfume. Inconfundible.
Espero que tú sigas oliendo el mío sin soltar mi nombre de tu boca, porque voy a dejar de existir en cuanto me acostumbre a esto. Jamás volveré a ser yo. Y eso me asusta. Sé que me odias por todo y te doy las gracias. No sé quererte, nunca lo supe. Y me doy las buenas noches como si mañana no volviera a pensar en esto.
Los sueños no se me dan bien, y nunca creí en la magia pero
echaría de menos los porros que te fumas ahora. Con la ropa puesta y sin mí.
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