viernes, 20 de diciembre de 2013

BE TIMELESS.

Cuando supe que ese verano se acabaría en menos de un día, sólo me entraron ganas de correr. No me sentía capacitada para escribir. Mientras le estaba mirando a las cicatrices mis manos estaban frías. No había ninguna excusa para obviar mis pestañas tísicas de sus cara, aún templada por los restos de recuerdos que resbalaban, esquivando laberintos del día a día. Quizá se olvidó de las mañanas cuando se acostaba.

Aquel rincón era como saltar al vacío, era tan raro ver cómo sobrevivías después de cada viernes, después de cada obstáculo hecho fantasma para mí. Tuvimos poco tiempo pero fue suficiente, y la gradualidad de mis pensamientos no iban acorde con los impulsos, cuando me pegué las alas a la pared de mi consciencia.
Era un código intempestivo, y lo traducíamos con el humo sobre la piel erizada. La sensibilidad de ésta iba acorde con mi mente al escucharte.

Mi salida de emergencia siempre fueron las palabras. Pero la fe en que todo cambia quebró cuando vi tus maletas en la puerta. El deporte mental que aprendí tuvo que volar otra vez. Por inercia nos clavábamos los ojos y por costumbre nuestro plano se volvía de nuestro color. Éramos una parte de ese mundo interno que permanece. Difícil de encontrar en un mundo de calcos. Y fácil control automático de tu vida.

Venías de la generación de los fracasos hacia el abismo de lo absurdo, con la sonrisa característica de la independencia vital. Venías a robarme tiempo para invertirlo en mi reconstrucción. Te salió bien, pero todavía tengo tiempo para que hagas con él lo que quieras. Pero ahora no es el momento. Somos atemporales.

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