La vida es una mezcla entre los aeropuertos y el humo de un cigarrillo. Viene, se va, y mientras vuela por el aire se consume. Algunas veces se pausa y otras se vuelve fugaz, mientras muere día a día alimentándose de dosis de más vida. Es curioso que la vida sea tan frágil y a la vez sea la respuesta para todo. Lo mismo pasa con la tinta que se derrama al escribirse, porque la vida se graba por sí sola. Se revuelve en cada diario y llora, dibuja corazones y líneas abstractas, y también se transforma en otras formas de vida.
A pesar de que la vida es simple, tiene muchas teorías propias. Yo, por ejemplo, tengo grabada la teoría del caos entre las cejas. No es algo visible a primera vista, pero quema como un tatuaje. Quema porque la vida hace que siempre esté esperando preguntas pero el caos no me deja ninguna respuesta.
Resulta triste pensar que la perfección de la vida se mide en alguna que otra historia que ha muerto. Y solo puedo basarme en detalles para explicarme. No tienen por qué ser nocivos ni gratos, simplemente son cicatrices vitales. La vida, tan curiosa como compleja, tiene como enunciado la vida misma, y eso es algo precioso.
Me obsesiona la idea del todo como contenido de nada, siendo todo tan absurdo e inexplicable, como el echar de menos. La frase correcta sería no echar de más. No echar de más sensaciones, ni personas, ni aspectos de uno mismo. Porque la vida es eso, crecer siéndolo todo sin tener ni idea de nada, sin suponer ni juzgar, sólo siendo lo que el espejo dice que se es, lo que la intuición invita a preguntar.
La vida es como un avión que despega cada día sin tener conciencia de estar volando, para acabar consumido en un cigarro volátil, pero disfrutando del paisaje mientras tanto.
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