Me quería conceder este instante,
porque hoy me siento flotar como la sombra que hace formas en la pared.
El ritmo vibrante está en mis venas, dentro de la burbuja de este nuevo espacio.
Hay un color blanco reflejado en mis ojos, cristalinos, con el vapor aún templado de la brisa de la Verdad.
Todo es claridad, aun siendo tenue mi estancia, y mi visión diurna tiene significado antónimo, al igual que la persona que está encima de las teclas, desgastadas como el silencio que gritamos frente a frente.
En el espejo o en en el espejo de doble cristal.
En las vistas al vacío y en las caídas al horizonte que diviso desde aquí arriba, mi ciudad personal.
Siento la pesadez de mis hombros como el mejor roce que me mece, tranquilo, entendiendo las notas musicales que viven conmigo.
Estoy sintiendo lejanas las ganas de volar, pero vuelven, a medida que exhalo. Pero a la vuelta me tumbo boca arriba.
Y ahora viene lo mejor de todo.
Detrás de mi muro está la libertad, el poder de elegir el como, no quien soy.
Y me pregunto de dónde salen estas curvaturas negras de la pantalla, estás finas líneas y círculos que me están echando la culpa de algo que me hizo crecer así.
Y temblamos cada vez que nos vemos, dibujados como pinturas abstractas sin saber qué es en lo que nos hemos convertido.
Y vuelve la lucha contra la mitad, contra el medio, el gris, el medio lleno.
O medio vacío para los que no saben de egoísmo, ni mediocridad pero conocen de la tristeza más desteñida que ha creado el planeta,
conocida como la Persona.
La Persona que se conoce, o la persona que se da a conocer. En este laberinto con idas y venidas, e historias incompletas. Donde al final del capítulo, solo queda la risa, el humo y las despedidas.
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