lunes, 12 de agosto de 2013

Aunque ahora te da igual.

Brillaba en sus gafas el reflejo de una vida eléctrica. Y los dejaba ciegos. Atravesaba mi corazón como un corcho en la pared: sin lamentaciones. Era un disco en la Edad Media, una sonrisa mediocre para lo que hay que ver hoy en día... Ellos merecían más. Pero ella se bastaba hasta el límite, era única, como la música. Cómo podrías saberlo si me estás perdiendo con esas preguntas, no eres tú, porque no me aguantas. En aquel antro supieron el nombre de aquella noche, porque llegó ella sobrevolándolos. Salió a buscarme y empezó a llover, pero era más fuerte y sus venas no daban abasto, sangre y alcohol, y las heridas propias infectadas de rabia. Quería más. Aún quedaba tiempo, pero no existían los días esa noche. Lo veía lejos, y tú pudiste tocarme en la distancia, mínima, de roce intempestivo con tus yemas en mi cuello, te ví temblar con el gesto. Con ganas de respirar algo más que un aliento, con ganas de besar algo más que un cuerpo, triste la lluvia de la noche que me viste, pero feliz de encontrarte por mi cabeza otra vez. Estás ciego, pero tienes que cuidarte, estoy loca y lo demás me lo guardo para cuando quiera conocerme. Y con el segundo abrazo te cedo el precipicio. De madrugada entre tus piernas, y mi sueño se rompe a la vez que el vaso. Muere tu desidia en esas lágrimas y tus insultos contra el techo de tu habitación, esos ojos no serán los mismos... Pero volverás a mirarme como un relámpago en esta tormenta. Soy culpable de las cosas que no te dije y de los días que creaste mientras estaba ausente. Eres capaz de hacerlo y no lo merezco chico, tienes que cuidarte. Lo veo todo gris y poso con sonrisa arcaica. Y ahora dime si no es amor todo lo que te hice. Y ahora dime si no es odio todo lo que soy en este instante. 

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