domingo, 21 de abril de 2013

"...la luna puede reflejarse en un vaso..."


Era un domingo de Sol y la tierra mojada de la noche anterior todavía se sentía brillar junto a la hierba de los parques, y decidió acostarse encima de ella. No había ningún motivo aparente, sus costillas parecían temblar pero se sentía liberadamente feliz.  Las gotas de las flores que le caían de los árboles que podía ver desde abajo le hacían sonreír, por el mero hecho de hacerle sentir vivo. Y de repente volvió esa canción a su cabeza. Parecía que podía tocarla con los dedos, rozarla con cuidado, mecerla junto a él de forma que podían unirse tanto, que hasta él mismo se  pudiera convertir en lo mismo. Una canción hecha hombre, o un hombre canción. Era la incoherencia que reavivaba todas las hojas rotas de aquel desierto verde desde el cuál vigilaba a sus musas. Seguía con esa idea que decía que las cosas abstractas creaban universos dentro de su propio interior, y hoy estaba lleno de sentimientos y sensaciones que solo se explicaban por ese motivo, esa canción. Le habían dicho que sólo podía enamorarse una vez y parecía que no encontraba el momento ni el lugar, las ansias de volar por aquella preciosa palabra parecía un abismo, pero no podía dejar de preguntárselo.
Sentía que estaba borracho todo el día, le embriagaban tanto esos rayos de luz... Derrochaba las horas junto a ese vieja radio que le hacía enloquecer y sentía que no había otra persona que pudiera conocerle mejor que él. En ese parque autodestruirse era un auténtico placer, podría preguntárselo una y otra vez y siempre sería la misma respuesta, ¡cómo lo admiraba!
Le gustaba recordar sus 5 sentidos y darles forma, ponerse mirando hacia arriba y manejarlos a su antojo.
En cuanto se giró hacia la izquierda notó el repiqueteo de unos dedos en su espalda haciéndole estremecer mientras un atisbo de sonrisa se reflejaba en su cara."Era mejor que hacer el amor"  se decía a sí mismo, y  ahí estaba su grandeza. Las flores rosáceas que le miraban desde arriba le caían en la cara, y esa suave sensación se mezclaba con el intenso aroma que desprendían, y eso le hizo rozar sus brazos de arriba a abajo, desde el cuello hasta la punta de los dedos, podía imaginar ese olor, podía crearlo dentro de sus pensamientos, no le dejaba dormir, pero en el fondo, prefería no hacerlo.
De pronto, se levantó en cuestión de segundos, estaba empezando a llover, y rápidamente esa lluvia se convirtió en una tormenta de nieve, y el frío estaba empezando a calar. No habían pasado dos minutos y podía notar el sabor del agua que caían de las nubes. Era dulce.
Tan dulce que se volvió adictivo. Y comenzó a reír sin parar, necesitaba gritarlo, era increíble. Nunca jamás se había imaginado que la nieve de una mañana podía saber tan dulce y hacerle sentir tan afortunado, pensaba que nadie le creería por esto, pero no le importaba, solo quería gritarlo. Gritarlo y no parar de hacerlo hasta quedarse sin voz, siguió con lo mismo hasta que se encontró de frente con un portal espejo. En cuanto se vio en él, su voz quebró y la tormenta se evaporó, como si nada de eso hubiera tenido lugar y el siguiera bajo el  árbol.
Entonces giró la cara cuidadosamente al percatarse de que Alguien en ese parque le estaba mirando, y sintió que nunca nadie en ningún momento de su vida pudo haberlo hecho como lo hizo Alguien, ese fugaz relámpago atravesó  su oscuro iris y le dejó una cicatriz, y por ese segundo, en ese parque, esa madrugada, por primera vez sabía que no tenía ninguna duda. Ese relámpago era ella.  Y terminó su imaginación con la vista de sus ojos y la imagen de su alma.

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