Quedan pasos en la última curva de mi calle y la luz que cierra mis párpados me dice que ya es la hora de volver, y de nuevo llego arrastrándome, pero no me importa.
Hay una farola que parpadea vibrante, estremece mis pulsaciones y el sudor de mis manos vuelve a aparecer, pero nadie me sigue.
Veo cuerpos arrancándose el drama en un portal, tumbados en los cristales verticales e ilógicos de cualquier puerta, llevándome definitivamente al desastre de los viernes, pero tengo más luces que ellos.
Y vuelvo a mirar hacia arriba, y cada vez me ciega más, no puedo dar más pasos y caigo, caigo sobre el asfalto frío y mojado de la inconsciencia, pero aunque en lo más profundo de la ciudad yazca un cuerpo cálido lleno de vida, mi elegancia se ha perdido en los tejados... pues de repente, vuelvo a abrir los
ojos y solo veo nubes.
Y me diréis, con asombro, por qué me sale esta historia... Y es que la metáfora de cada distancia, de cada verso... La tenue duda que me distingue del resto entre las sábanas, y todo lo que nadie jamás conoce sobre mi existencia, se verá en cada gesto y cada desequilibrio.
Y todo pasó y murió en el horizonte. Y todo se quemó y ahora ya no existe. Y aún sigo creando entre mis cenizas. A las que nunca vuelvo, de las que tú renaces. Y algún día te devolveré la huella que dejaste.
Vuelvo a mí y me reconozco, como una puta en el desierto el día de su cumpleaños. Sigo siendo la mirada ausente, la que te recita con los relámpagos de sus ojos sin hablarte, y con una cruz marcada en los labios.
Vuelvo a nosotros, y ahora como alcohólicos melodramáticos, empapados otra vez por la cascada de la indiferencia buscando un donde, pues el por qué solo está en mi diccionario.
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